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CHILE

De Rusia a Chile

El vuelo Moscú – Berlín transcurre sin novedad esperando llegue a su hora para poder enlazar con un tren nocturno que llega directo a Frankfurt. En el bus que lleva de la terminal del aeropuerto de Berlín a la estación principal de ferrocarriles, trato con un francés que trabaja en la embajada de Francia en la capital alemana. En pocos minutos me avisa de una de las consecuencias de mi viaje a Chile “Valparaíso te va a gustar ”, comenta con una sonrisa de quien conoce  el encanto que encierra. En el tren me acomodo en uno de los compartimentos vacíos, durmiendo buena parte del trayecto hasta llegar a primera hora de la mañana bajo la imponente marquesina de la estación central de Frankfurt.

La ciudad financiera alemana queda bañada por el río Main que la cruza por su centro, y multitud de rascacielos se elevan sobre él. El puente peatonal Eisernersteg que lo cruza esta formado por miles de candados, y en cada  uno de ellos están grabados el nombre de una pareja. Desde este punto se tiene acceso al centro histórico reconstruido con numerosos cafés y restaurantes. Muy cerca queda la casa de Goethe a punto de abrir, y que recibe la visita de numerosos escolares a esta hora de la mañana. Los revisores en los transportes públicos alemanes pasan totalmente desapercibidos. No llevan uniforme, van vestidos de calle y sus aspectos rudos y alternativos confunden a todos. Nadie diría que están cumpliendo con su trabajo si no fuera porque se identifican con una tarjeta una vez comienzan el control de billetes. En el aeropuerto de Frankfurt tomo mi vuelo oficial a Santiago vía París.

En las impecables instalaciones de la terminal parisina ya están preparadas las aeronaves que saldrán en un intervalo de pocos minutos hacia destinos opuestos; Tokyo, Pekín, Buenos Aires… Santiago. En el avión se sienta a mi lado un hombre chileno, es artista y vive en una localidad suiza donde también trabaja. El motivo de su viaje le llevará a estar una semana en Chile, aunque por motivos personales bien diferentes a los míos. A su lado una mujer chilena casada con un alemán, viaja junto a su bebé que duerme milagrosamente a lo largo de casi todo el vuelo. Llevo casi 14 horas sentado, después de alguna violenta turbulencia al pasar por la Cordillera Andina y dejar a nuestra izquierda el Aconcagua, por fin he vuelto a Chile 5 años después.

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