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CHILE

Valparaíso (I)

Es viernes 21 de septiembre, y en esta mañana me dirijo a Valparaíso donde me espera mi amiga Belén. El camino en bus es idéntico al de Viña, pero se desvía en su parte final para tomar la ruta 68 que prácticamente da entrada a la población. Espero frente al vestíbulo de la entrada principal, y minutos más tarde veo una figura que dirige sus pasos hacia unas cabinas telefónicas en el lado opuesto al que me encuentro, la miro fijamente analizando sus movimientos en una sonrisa imposible de ocultar, su mirada se gira inmediatamente hacia mí… es ella, Belén.

Tiene una sonrisa natural como ella misma, a veces ruidosa pero no estridente que tapa con su mano cuando cree que escandaliza a los que la rodean. De pómulos carnosos que acentúan unos ojos almendrados bajo un cabello perfumado largo y moreno, que se deja caer sobre su cara izquierda en una curva que describe una suave ondulación hasta su oído. Por definición es tranquila, silenciosa y humilde, la cuesta tomar decisiones y necesita de su espacio y tiempo… pero es mujer y eso lo complica todo (sic!).

Vive en un apartamento compartido con otras tres chicas, aunque dos de ellas se encuentran fuera con motivo de las Fiestas Patrias. En estos días finaliza su tesis de fin de carrera que se ha convertido en su peor pesadilla, pero me ofrece su tiempo y con ella visito la ciudad.

La primera impresión de Valparaíso, Valpo para los porteños, a los que tampoco les gusta Viña, no consigue cautivarme al primer golpe de vista como lo hicieron las ciudades de Kiev o Khabarovsk. Esta llega lenta y progresivamente con los cinco sentidos, junto al olor a madera y salitre de mar. Está formado por el Plan y los Cerros, y la magia de la ciudad se encuentra concentrado precisamente en estos últimos y en sus ascensores, mención que la valieron ser Patrimonio Cultural de la Humanidad. De Belén aprendo la historia del escultor que realizó la estatua al pie de las escaleras del Tribunal de Justicia, con sus ojos abiertos y una balanza desequilibrada en señal de injusticia por un delito que su hijo no había cometido.

Desde lo alto de los Cerros al que se pueden acceder en los conocidos ascensores que no siempre funcionan, se tienen panorámicas de toda la bahía de Valparaíso, especialmente desde los Cerros Concepción y Bellavista. En sus escaleras y calles empinadas percibo cierto caos y un aire bohemio y artístico, que veo plasmado en fachadas y muros pintados por artistas contemporáneas, y que retratan imágenes cotidianas de la ciudad.

En las calles donde los cables de luz cuelgan como lianas en una jungla, trolebuses antiguos llegados de la Alemania en la posguerra parecen circular infatigables por sus avenidas, y el gran mercado ambulante de Valpo con horario variable parece no descansar nunca. Junto a él, una gran escultura representada por un cabo de cuatro cordones da entrada a la ciudad con el puerto más importante de Chile.

De vuelta al apartamento, puedo notar el agradable olor a guiso de la cazuela chilena, el del aroma suave y dulce de las “crêpes”… Cocinamos lo suyo, lo mío, escuchamos canciones de antes y ahora, reímos de lo que dicen en la tele, de los otros, de nosotros… En una cena que les hemos preparado, vienen Tito y Edo, jóvenes chilenos que se abren paso en un futuro laboral que miran con optimismo a Chile. Se unen a nosotros las compañeras de piso en una fiesta que continúa en uno de los locales nocturnos hasta bien entrada la noche. En la playa de Valpo empezamos a mojarnos los pies en el agua fría del Pacífico, que deriva en una “performance” involuntaria. Concón, al norte de Valparaíso, además de tener excelentes playas también se dan excelentes empanadas chilenas.

A lo largo del día de hoy las dos chicas que faltaban en el pequeño apartamento han vuelto, y Belén ocupa el sofá para dormir. De pronto me siento como un intruso que ha entrado sin pedir permiso en casa de un desconocido, y siento incomodidad ante esta situación. A la mañana siguiente decido irme hacia el norte, he preparado la mochila en la noche de ayer y creo que ha llegado el momento de proseguir mi viaje. Belén entiende la circunstancia aunque esperaba que me quedara hoy también. En las taquillas de la estación de autobuses todo está completo para Calama, y no hay billetes hasta dentro de dos días. Finalmente decido postergar mi salida a mañana e ir directamente a Santiago a buscar el bus para San Pedro de Atacama. Belén se alegra de mi cambio de planes… y yo también.

Se produce un silencio que dura minutos, muchos minutos… y ningún ascensor funciona en un día donde todo parece salir al revés. En el trasfondo de esta situación hay un sexto sentido que nos acompaña casi desde el primer día, una complicidad que ella no se atreve a declarar ni yo a forzar. Rompemos el silencio en un arrebato de sinceridad, que da paso a una mirada melancólica que otea el mar desde el Paseo Gervasoni, y que recuerdan mi último día en Valpo. Tal y como escribió una lectora, “uno se encuentra las cosas por casualidad, sin buscar nada en concreto, como se encuentran las cosas buenas de la vida”.

El día de mi salida de Valparaíso, en el coche de camino a la estación de autobuses no suena esta vez la música de la radio, y un silencio inquietante e incómodo reina en estos minutos finales. Belén y yo apenas articulamos palabras, tenemos un nudo en la garganta que ninguno de nosotros se atreve a desatar, y nuestras miradas se pierden en el horizonte de sus calles. En estos momentos no sé que pensar de este presente fragmentado que se cuela en mi vida sin previo aviso. No tengo claro a quien creer; tal vez al destino, que con su astuto silencio guarda el saber de nuestras vidas, ó a la fortuna, invisible e imprevisible, sin mayor explicación que la magia de su sorpresa.

En los minutos previos a mi partida, nuestros labios por fin hablan y susurran a nuestros oídos sordos que clamaban palabra. Expresamos todo lo que nos tenemos que decir, de mi boca salen unas palabras que sin quererlo avivan un fuego a punto de apagarse “sabes que nunca volveremos a vernos”. De pronto la propongo vernos la próxima semana, justo antes de mi regreso a Europa. Pero de momento el presente no es mas que una llama que debemos alimentar con esencias del futuro, donde sólo queda el aroma de su cabello impregnado en mis sentidos como testigo de esta esencia por construir.

En la entrada al andén, nos fundimos en un abrazo, queremos detener el curso del tiempo, congelar el mundo... la inminente salida del autobús me vuelve en un suspiro a la realidad. Seguro que nunca la física estuvo tan cerca de la química para descubrir la fórmula jamás hallada de la tristeza. Una última mirada correspondida, un último beso tímido y sutil… adiós Belén.

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