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CHILE

Hacia el Norte

Al llegar a Santiago y después de pasar por numerosas ventanillas no consigo plazas disponibles para hoy, y las correspondencias en Antofagasta y Calama no son del todo buenas. Consigo un billete directo para mañana a última hora de la tarde a San Pedro, lo que me obliga a pasar esta noche en Santiago. Aquí vuelvo a ver nuevamente a Juliana en el albergue, siempre bajo la misma sonrisa y atención. Me cuenta que Brasil esta subiendo mucho, y que las ciudades modelo de Río de Janeiro y Sao Paulo están muy caras. La llegada del mundial de fútbol y las olimpiadas van a empeorar esta situación, pero le dará un nuevo impulso de confianza a todo el país.

El bus que me traslada a San Pedro de Atacama es amplio y cómodo, y para mi sorpresa va completo. Ignoraba que la demanda fuera tan alta, aunque dudo que todos se dirijan a la misma población. Me cuesta conciliar el sueño, pero finalmente quedo dormido pensando en los días que he pasado en Valparaíso en compañía de Belén. El bus no ha parado de rodar en casi toda la noche, y me despierto a la llegada a Copiapó, casi a mitad de camino entre Santiago y Antofagasta.

No acierto a distinguir bien las calles de la ciudad, pero el paisaje ha cambiado radicalmente. El terreno se hace más arenoso y solitario, y ahora en las colinas, grandes rocas que forman pequeños acantilados han sustituido a las plantas que han dejado de existir. El contraste de los tonos ocres con el azul del cielo le es indiferente al compañero de asiento que sigue durmiendo, pero quiero mantener los ojos bien abiertos ante el panorama que tengo frente a mí y que se repite en los próximos cientos de kilómetros.

El autobús llega a Antofagasta bordeando en varios kilómetros la costa del Pacífico, callejeando por el interior de una población que parece deprimir a los futuros visitantes. Conozco a una pareja de británicos que también viajan a San Pedro en el mismo bus, y cuyas vidas se reparten a igual tiempo entre trabajo y viajes. Resulta curioso ver como la ciudad se ve cubierta de nubes que se concentran en la costa, para volver a ver un impecable cielo azul después de pasar la Cordillera de la Costa y ganar nuevamente la autopista.

La carretera entre Antofagasta y la bifurcación a Calama está en obras, la construcción de la autopista avanza sobre un terreno realmente hostil aunque llano. Tan extraordinario como el paisaje, lo es también ver los obreros que trabajan en la mejora de la Panamericana en esta parte del trayecto, con un sol de justicia durante el día y un intenso frío en la noche, en un ciclo que se repite todos los días del año. La costa del Pacífico y el desierto están tan cerca el uno del otro que parece increíble estar llegando al punto más árido del planeta. Junto a nosotros corre la línea de vía estrecha de ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, utilizada por mercantes y cargados con materias primas que llegan del interior del país o al puerto de Antofagasta. La circulación de camiones es intensa, muchos cisternas llevan la inscripción “Acido Sulfúrico”, lo que da cierto respeto a la conducción.

Grandes carteles publicitarios de maquinaria pesada anuncian la llegada a Calama, región minera por excelencia y lugar donde se concentra más del 20% del total de cobre que se produce en todo el país. El aspecto de Calama llegando en autobús es todavía más deprimente que Antofagasta, pero no estoy en posición de juzgar ambas ciudades sin haberlas visitado. Breve parada para estirar las piernas, intercambio de comentarios con los dos ingleses y vuelta al bus con sólo siete viajeros a bordo, cinco de los cuales somos turistas extranjeros. Los asientos ya no me parecen tan cómodos como al principio y quiero terminar ya el viaje. Llegada puntual a San Pedro de Atacama después de 23 horas de viaje y cuando son casi las 9 de la noche.

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