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LT CORTESIA

Canal de Suez.

Hemos llegado frente a las costas de Port Said, el acceso norte del canal de Suez. Echamos el ancla en este punto de reunión, allí donde otros navíos aguardan también su turno. Cada barco tiene asignado una posición exacta de anclaje, nada es aleatorio, y todos juntos formaremos el convoy de la noche.

Me levanto con frecuencia de la cama expectante, mirando al exterior en busca de una señal de movimiento... La salida programada para la medianoche se retrasa hasta las tres y media de la madrugada, por fin zarpamos cuando todavía es noche cerrada. Durante hora y media seguimos un corredor acotado de luces verdes y rojas, la costa se acerca muy lentamente, casi a cámara lenta. Sin embargo no entramos por el ramal original que divide en dos a la ciudad de Port Said, sino por la vía alternativa que da acceso a la terminal de contenedores de la misma ciudad, menos interesante, pero también menos peligrosa y transitada.

Con el amanecer a babor, cuanto al menos 12 barcos en nuestra caravana, todos portacontenedores, y los que abren y cierran el convoy son figuras diminutas que se difuminan con los primeros rayos de sol. A este ritmo de 10 nudos, entre un extremo y otro de una formación que se estira hasta donde alcanza la vista, hay al menos cuatro horas de diferencia. Me rindo al espectacular paisaje, no del desierto egipcio, sino a la caravana comercial que serpentea por él. En popa y por proa, una procesión de enormes mastodontes se mueven al mismo ritmo, y todos siguen una misma senda, la que apunta a la ciudad que da nombre al canal más importante del mundo, Suez.

Desde el puente de mando a bordo del Cortesia, se tiene dominio absoluto de todo lo que le rodea en cientos de metros a la redonda. En la orilla occidental, un verde oasis se prolonga a lo largo de todo el canal, y se integra en las ciudades nacidas de esta obra de la ingeniería. En la oriental, un desierto inhabitado, llano y desolado, se extiende hasta el mismo horizonte, allí donde la tensión con Israel nunca ha dejado de existir. El barco navega suave y constante bajo un tórrido calor, dejando un rastro de pequeñas olas que zarandean embarcaciones de pescadores situadas en ambas orillas. Barcazas más grandes cargadas de camiones y mercancías cruzan de un lado a otro entre barco y barco. Edificios modestos y polvorientos parecen vivir aislados y ajenos al paso cotidiano de barcos y barcazas, como pueblos fantasmas dejados a su suerte. No veo el progreso egipcio por ningún lado, sólo en el canal por el que navego.

Poco antes del mediodía, nos cruzamos con un convoy ascendente que navega por el recién inaugurado nuevo tramo del canal. Para los ojos de quien contempla por primera vez (y tal vez la última) este paso, no deja de ser igual de impresionante ver una fila de grandes barcos que se cruzan entre dunas. Desde una de las plantas superiores de la superestructura, quedo apoyado durante largo tiempo en la barandilla de babor, casi ensimismado y absorto por lo que veo, soñando despierto con barcos que navegan en desiertos de arena.

Después de casi doce horas de navegación, el Cortesia alcanza el acceso sur del canal después de haber recorrido sus 99 millas naúticas. Frente a mi, la bahía de Suez se abre luminosa bajo unas aguas que adquieren un color verde esmeralda. No me cabe la menor duda, el paso por el Canal de Suez justifica a él mismo este viaje. Para oficiales y tripulación, suspiros de alivio que vuelven a recobrar la libertad que les otorga el mar abierto, y sobre todo, son libres de toda burocracia egipcia. No tardamos en aumentar velocidad y poner rumbo al mar Rojo en dirección nuestro próximo puerto de destino, Jeddah.

“Un regalo del pueblo egipcio al mundo”. Con estas palabras el presidente de Egipto anunciaba la ampliación del Canal de Suez. Si hago caso a la frase, ciertamente debe ser así, porque el pueblo llano sigue estancado económicamente en el medievo, y a juzgar de los comentarios de oficiales e ingenieros que conocen el país, nunca verán un dólar del canal en su bolsillo, o mejor dicho, en la mejora de su calidad de vida.

La corrupción galopante que se vive en los países occidentales, es una enfermedad crónica al otro lado del Mediterráneo. Para las navieras, la frase del presidente egipcio es sólo pura diplomacia. El peaje que debe pagar cada barco para cruzar una vez el canal va en función de su tamaño. Así por ejemplo, los portacontenedores más grandes de hasta 18.000 TEU's pagan un peaje que supera los 600.000 $, cifra que se reduce a unos 250.000 $ para el Cortesia, y ninguno de los barcos que forman nuestra formación baja de esta última cifra.

El canal está abierto las 24 horas del día, los 7 días de la semana, con un tránsito diario de unos 60 barcos (no siempre grandes portacontenedores), circulaciones que van en aumento con las nuevas ampliaciones previstas. Considerando todos estos números, el Canal de Suez mueve cantidades ingentes de dinero... No es de extrañar por tanto que el canal esté custodiado militarmente por tierra y aire, y protegido por un muro de reciente construcción de 6 metros de altura en ambas orillas a lo largo de todo su recorrido. Para ellos es importante proteger a cualquier precio la gallina de los huevos de oro egipcia.

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