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LT CORTESIA

Sri Lanka, Galle.

Después de un emocionante viaje en tuk-tuk del hotel a la estación ferroviaria de Fort Colombo, me decido a ir a Galle, a dos horas en tren en dirección sur. En la estación, la gente espera en actitud aparentemente tranquila en el andén, y cuando un tren llega, esa calma queda rota, desvinculada totalmente de la serenidad. De pronto la gente se apresura e incluso corre en dirección a las puertas de acceso de los coches de viajeros, casi no dejan bajar a los que acaban de llegar, no hay orden ni reglas... va lleno hasta el mismo límite de las puertas que quedan abiertas.

El tren sale con 45 min. de retraso, pero no importa. La gente en Sri Lanka espera paciente, tal vez acostumbrados a este tipo de escenas, irrelevantes para un país todavía en construcción después de una larga y casi desconocida guerra civil. Tras un breve tramo urbano, el tren pronto gana velocidad y corre a lo largo de la costa casi a pie de playa. A mi izquierda un paisaje verde tropical, denso y exuberante, deja entrever modestas chabolas construidas con paneles de madera, en el mejor de los casos con algunos ladrillos y un tejado de chapa. Todo paraíso tiene su precio, y por cada imagen de postal de playa con palmeras y cocoteros que veo, tengo que ver 10 fotogramas de lo que yo considero miseria… No obstante, todo ello forma parte de un soberbio paisaje natural que se funde con el mas modesto de la gente que lo habita, todo es auténtico y nada es superficial. Tengo la total certeza de estar realmente viajando cuando un panorama como este me abre las puertas a todos y cada uno de los sentidos.

Galle, con su centro histórico amurallado, tiene el encanto que no he encontrado en Colombo, en cambio evito la ciudad moderna similar al caos de la gran urbe. Como era de esperar en Galle veo muchos turistas, pero la mayoría de ellos son... chinos, tal vez el 90%, están por todas partes. Y cuando el turismo del país más poblado del mundo se mueve, son muchos miles de personas las que viajan. A la gente local no les gusta mucho su presencia, pero ellos saben que son una buena fuente de ingresos porque los turistas chinos son buenos consumidores, el hecho es que solo viajan para hacerse la foto y nada más. Los turistas rusos también son un buen negocio, y en su caso sólo le interesa la playa y las fiestas al borde del mar.

Me apetece ir a una de sus numerosas y buenas playas, la más cercana a Galle es la de Unawatuna. El tiempo es magnífico, el cielo azul contrasta con el verde intenso de las palmeras, y el agua toma en algunos lugares un color realmente turquesa, es el escenario perfecto del paraíso tropical. Apenas hay gente en Unawatuna, pero todo el arco que forma la playa está plagado de chiringuitos y Lounge Club. Para encontrarme algo menos turístico debería haberme ido más al sur, pero evito hacerlo por falta de tiempo y ganas, he buscado lo fácil y agradable. Lejos de la costa, en el horizonte, veo un tránsito continuo de grandes navíos de carga con salida o destino el siempre activo puerto de Colombo.

Regreso al hostel de Galle. Allí está de la mañana a la noche el mismo empleado, un tipo alto de barbilla y pelo rizado con una sonrisa natural y espontánea. Junto a nosotros hay una chica británica, viajera empedernida en su tiempo libre siempre que su trabajo en Londres se lo permite. Ella sale en tres días de vuelta a Londres, yo regreso mañana a mediodía. Para él, Europa es un sueño casi imposible de alcanzar, le encantaría viajar y conocer otros lugares, le encantaría hacer lo que hace la gente normal que constantemente ve pasar por delante de su mostrador. Sin embargo su realidad es bien distinta, y sus palabras no ocultan un cierto aire de resignación: “si, algún día viajaré a Europa, algún día…”

Estación de Galle, gran afluencia de viajeros en mi viaje de vuelta. Tomo plaza en un arcaico asiento de segunda clase mientras vendedores ambulantes suben a bordo ofreciendo comidas y bebidas. El calor en el interior es realmente sofocante, unos ventiladores fijados en el techo del vagón ayudan a ventilar y refrescar el aire cargado, no hace falta abrir las ventanas, están siempre abiertas. El tren vuelve a recorrer la costa con el mismo panorama ya contemplado en el viaje de ida, pero con una particularidad, vuelvo con ganas a mi casa, situación que no se había dado en ningún otro viaje anterior. Hay un anhelo de regresar a lo cotidiano, de volver a dormir en mi cama, de reencontrarme con los sabores a los que estoy acostumbrado…

Tal vez es hora de un reset, reiniciarme de nuevo en el placer de viajar por tierra, y volver con más entusiasmo todavía para que tu también puedas seguir viajando.

Gracias por leerme.

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