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RIO BRAVO

Mar del Norte II

Después de pasar mas de un día y medio en puerto, zarpamos de Amberes en dirección a Tilbury en esta noche de domingo. Tan sólo unas pocas horas de navegación nos separa de nuestra próxima escala. A primera hora de la mañana, hemos llegado supuestamente frente a las costas británicas, sin embargo, no veo costa por ninguna parte y el viento de 25 a 30 nudos se hace fuerte en esta zona de mar abierto. Hemos parado máquinas. A unos cientos de metros, otros dos portacontenedores más grandes que el nuestro también se encuentran fondeados. Al parecer la capacidad de las instalaciones portuarias de Tilbury son limitadas, lo que obliga a retrasar la aproximación a puerto.

Dentro del barco, al margen de la videoteca de DVD's y una pequeña biblioteca con títulos en cuatro idiomas diferentes, me uno al pasatiempo preferido de la tripulación filipina, el karaoke, a los que Gilles y Marcin también son visitantes habituales. En la “Crew Recreation Room”, micrófono en mano y volumen a tope, se lanzan a toda voz con determinación y buena voluntad, y entre canción y canción, dejan colar alguna en español para animar esta velada internacional en las tardes de monótona espera.

El Master ó capitán de la nave es lituano. Es la cabeza del barco, el máximo responsable de todo lo que ocurre a bordo, todas las operaciones están supeditadas a su mando. El trato es inicialmente un tanto distante pero siempre cordial. Tiene una conversación relajada y pausada, en unas palabras que parecen medidas con rigor y seguridad en perfecta sintonía con el barco que gobierna. La antigua generación echa de menos la autonomía e independencia de hace unos años, ahora el tiempo es dinero, se trabaja día y noche en los grandes puertos, y todo está cada vez más centralizado y controlado desde los centros neurálgicos de logística de las compañías navieras. El romanticismo y leyendas de mar terminó hace años – it's over – me dice resignado el capitán. En su lugar, una nueva generación de oficiales y marineros han crecido a golpe de formularios y burocracia, aceptándolo como rutina formal y cotidiana.

Permanecemos fondeados en medio de la nada hasta casi las 8:00h de la mañana del día siguiente. El piloto ha subido a bordo hace unos pocos minutos, y después de la pertinente autorización portuaria ponemos rumbo a Tilbury. Poco antes de las 14:00h de la tarde hemos llegado a través del Támesis al “Puerto de Londres” con sus grúas “Made in Spain”. Esta vez no dejo escapar la oportunidad de visitar la capital británica aprovechando el tiempo libre del que dispongo y la cercanía a la que se encuentra.

Desde Tilbury Town un tren me lleva al corazón de Londres en 40 minutos. El cielo se cubre de gris plomizo, llueve sobre la gran urbe londinense. Las instalaciones ferroviarias son austeras y sombrías, igual que los edificios de ladrillo oscuro que las delimitan, y sin embargo no veo ni un graffiti en todo el recorrido. Visito el Tower Bridge, Piccadilly Circus, me adentro en el centro con el eficiente sistema de transportes de la ciudad. Gente, gente por todas partes, comercios, oficinas... Tengo la impresión de que Londres nunca duerme, podría estar mucho más tiempo recorriendo sus calles, pero siento que no es el momento ni tampoco mi prioridad. Sólo llevo aquí tres horas y ya quiero “huir”, ¿qué pasa?, ¿qué ocurre? De pronto me veo como intruso en un mundo ajeno, he perdido la quietud que había encontrado a bordo y experimento la necesidad de volver a Tilbury, al barco. Soy el polizón del siglo 21 que ha encontrado en el Río Bravo una tregua al teléfono, a internet, a las nuevas tecnologías… Me creo haber alcanzado el estadio de la libertad absoluta sin noticias de nada ni de nadie.

Zarpamos al mediodía del día siguiente con el Atlántico Norte llamando a las puertas. En el horizonte cercano, varios parques eólicos ponen en movimiento cientos y cientos de molinos que simulan árboles que han sido plantados en un inmenso desierto lleno de vida. Después de contemplar el atardecer en un espectacular degradado multicolor, llega la noche en alta mar que coincide con el paso por el canal de la Mancha; a babor las costas de Calais, a estribor las de Dover.

Todo el barco está a oscuras, se tardan unos cuantos minutos en adaptar nuestra privilegiada visión a la oscuridad de una noche no tan cerrada con luna llena. La primera sensación es de temeridad y vulnerabilidad, el mar me infunde un profundo respeto, y cualquier caída al agua tendría fatales consecuencias. A lo lejos, en un horizonte ahora imaginario, se divisan múltiples luces correspondientes a otras embarcaciones, como estrellas caídas del cielo que se rinden a la belleza hipnótica del mar. A unos pocos cientos de metros las luces de un crucero, puedo incluso ver algunos destellos coloreados que parpadean, las de su discoteca situada en una de las cubiertas superiores. Entre medias adelantamos a un carguero que sigue nuestro rumbo, ajeno a dos formas de viajar totalmente diferentes, en una silueta perfectamente recortada por la luz de una luna que se extiende sobre una estrecha franja de mar.

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