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SIBERIA

Chelyabinsk

Me despido de Simeón en el gran vestíbulo de la estación donde me quedo hasta la salida del sol. Al salir a la calle poco antes de las nueve de la mañana el contraste térmico es brutal, toso y noto el frío punzante sobre mi cara, mi cuerpo tarda unos minutos en acostumbrarse a esta nueva temperatura. El termómetro de la estación indica -19º, hace tres días se alcanzaron los -28º, lo que significa también frío para sus habitantes, y aunque Siberia no queda lejos, tan bajas temperaturas no son frecuentes en esta región.

He quedado en la tarde de hoy con Natalia, una amiga rusa y residente en Manchester que pronto termina aquí su visita familiar. Se mire donde se mire, en el horizonte de Chelyabinsk siempre hay una chimenea humeante. Se dice de esta ciudad que está en el ranking de las más contaminadas en Rusia por su industria metalúrgica, tal vez el frío ambiente invernal disimula el aire ennegrecido del que todo el mundo habla.

Vista desde el interior, la ciudad rebosa de vida social desde su epicentro, la Plaza de la Revolución con una estatua de Lenin siempre vigilante. Veo llamativas esculturas y atracciones de hielo para los niños, excelentes cafés y restaurantes a precios asequibles también para los rusos, museos, parques y en general calles e instalaciones bien cuidadas. El contraste lo ponen los tranvías aún más primitivos pero igual de resistentes que en Volgogrado... Un excelente museo ferroviario al aire libre colindante a la estación completan mis tres días en Cheliabinsk, todo con la inestimable ayuda de Natalia.

El día de mi salida y a juzgar por la atención que recibo de la manager del hostel que ha venido de Ekaterimburgo, deben ser muy pocos los extranjeros, y menos todavía los occidentales, los que pernoctan en su alojamiento. No falta la foto oficial además de obsequiarme con varios detalles.

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