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SIBERIA

La Republica de Sajá, Severobaikalsk - Aldan

La única clase disponible en este trayecto directo a Tommot es la clase Kupe. En el compartimento dos hombres ocupan sus literas, uno está concentrado en la lectura de una revista, el otro en un cuaderno de Sudoku. Después de unos minutos el tren arranca ofreciendo un paisaje que me es familiar, circulamos paralelos a la orilla del Baikal, majestuoso vestido de blanco. Poco a poco el relieve se vuelve más accidentado, las montañas antes lejanas salen ahora a nuestro encuentro y se prolongan a lo largo de un gran valle. Desde lo alto de un tramo en talud, la vista es apabullante… En primer plano un denso bosque de abedules se prolonga hasta las faldas de las montañas, inmutables y ajenas a los vulnerables intrusos que encarnamos a la perfección. Finalmente un largo túnel de más de 15 kilómetros de longitud termina, momentáneamente, con esta implacable naturaleza.

Entrada la noche los dos tipos siguen con la misma actividad, sólo interrumpida por el té, la comida y alguna que otra palabra entrecruzada. Me cuesta imaginar que sus vidas se reducen a la revista y al Sudoku, pero a juzgar por sus rostros un tanto demacrados, leer y calcular debe ser el menor de sus rompecabezas.

Aparte de una familia con dos niños y algún viajero aislado, advierto que el resto de pasajeros lo forman hombres que viajan en grupos. Bajo el subsuelo y el permafrost de la República de Sajá, una inmensa riqueza en forma de minerales preciosos, hierro y carbón, espera a todos estos trabajadores de la minería. La mayoría viene del área metropolitana de Moscú, llevan cinco días con sus cinco noches metidos en este tren. Para Aleksei, responsable de ventilación, es la alternativa que ha escogido y posiblemente no la deseada por el tono de su conversación.

A la mañana siguiente despierto solo en el compartimento, bendita soledad cuando la compañía no es correspondida. Adentro la temperatura es siempre agradable, pero la noche ha sido tan fría en el exterior, que el marco interior de la ventana está parcialmente congelado… El día amanece limpio y claro cuando paramos en Yuktali, en medio de la taiga. Hay una imagen idílica de paz en este lugar, acaso por el silencio del entorno, los colores del amanecer, o la barba canosa y deshilachada del provodnik Vasili que inspiran una tranquilidad y honestidad sin palabras.

Seguimos el curso del río Nyukzha, amplias curvas despejan vistas a un espectacular río congelado en la que se proyectan las largas sombras de los bosques, y el traqueteo rítmico del tren se intercala con el estrépito de los numerosos puentes de acero que lo cruzan. Lo que más llama la atención, es la ausencia total de actividad humana en su paisaje, una sensación puntual ya encontrada en la línea del Transiberiano, que sin embargo se torna casi permanente en la BAM. Por la tarde una vasta llanura se abre en la distancia, salpicada de árboles que se extiende en la lejanía entre nieve polvo y un espléndido cielo azul. Baikal – Amur – Magistral, una obra sin igual donde la osadía de sus constructores está en perfecta armonía con la prodigiosa naturaleza que la envuelve. En Tynda da comienzo la AYaM (Amur – Yakutsk – Magistral), un ramal de unos 1.000 kilómetros de longitud dirección norte, y objeto también de este viaje.

El tren aminora la marcha, hemos llegado a Neryungri cuando es casi medianoche. Algunos viajeros bajan al andén, hago lo propio en chanclas también con ellos. El tren ha quedado detenido en curva, y por cada uno de sus coches escapan densos penachos de humo blanco, penachos que se entremezclan con la luz nocturna, con la atmósfera glacial rozando los -30º, y ese peculiar olor que llega hasta mí en una suave esencia a carbón. Quedamos estacionados en vía muerta hasta la mañana siguiente, una noche en la que llego a la conclusión de que llevo días viviendo en un sueño del que no quiero despertar.

El trayecto Neryungri – Tommot es aún más extraordinario que el de ayer, los límites de mis expectativas han sido ampliamente rebasados... En un punto del recorrido, los árboles que me rodean están total y absolutamente blancos de nieve congelada, del tronco a la última rama, incluso los postes telefónicos que discurren paralelos a la vía están en iguales condiciones… también los viajeros rusos hacen fotos y comentarios. Aleksei me aconseja bajarme en Aldan, dos horas antes de llegar a Tommot, el pueblo ofrece mejores comunicaciones para llegar a Yakutsk. La provodnitsa Olga me pone en contacto con una de las pasajeras que también viaja a la capital de la República de Sajá, y entre los tres me ayudan a gestionar un viaje improvisado a Yakutsk para la tarde de hoy.

Aldan - Yakutsk

Despedida de Aleksei y algunos pasajeros, una parte de los viajeros bajan en Aldan formando un tumulto de gente en el pequeño andén. Sigo a la mujer que avanza con paso decidido, con certeza no es la primera vez que viaja en el taxi que ha pedido. Nuestro conductor Viktor se encuentra en el aparcamiento situado junto a la estación... No es el único, muchos taxistas esperan aquí a sus clientes, no sólo con destino Yakutsk sino otras muchas localidades de toda la República de Sajá. Subo al coche, ella ocupa el asiento del copiloto, concentración absoluta en la carretera si quiero evitar el mareo, el camino promete ser largo y cansado. Arrancamos por la A-360 “Lena”, 550 kilómetros me separan de Yakutsk cuando son las 2 de la tarde.

El coche visualmente se cae a cachos; el velocímetro no funciona, el parabrisas está parcialmente agrietado, además de faltarle toda clase de piezas a su interior. El contrapunto lo pone su notable confort de marcha y sobre todo, la indudable experiencia de su conductor al volante. Las ventanillas no tardan en quedar cubiertas por una fina capa de hielo desde su interior, todas menos el parabrisas. El piso del coche está tan frío, que al cabo de unos minutos noto mis pies igual de fríos, incluso con las botas puestas. Observo que los rusos son callados, Viktor y la cliente permanecen mudos y en su lugar suena música pop contemporánea.

La carretera por la que circulamos es impresionante. Básicamente es nieve prensada y helada, aunque no logro distinguir los tramos que están asfaltados de los que son de tierra. A ambos lados, la interminable taiga, el bosque de abedul más grande del mundo nos rodea, sólo interrumpido por esta cinta blanca que penetra como cuerpo extraño en el corazón de Siberia. El paisaje esta cargado de una belleza sublime a la vez que melancólica, un paisaje inhóspito y solitario como pocas veces he visto, más cuando se sabe que fuera de esta carretera, no hay ni una sola población en centenares de kilómetros a la redonda.

Además de las paradas obligatorias para descanso del conductor y el nuestro propio, Viktor detiene el coche a intervalos regulares al llegar a lo alto en un punto de la carretera, comprueba a continuación la cobertura de su móvil y realiza una llamada telefónica. Creo entender la razón de estas llamadas; está dando su posición en caso de que surjan problemas. Hace 3 semanas dos personas murieron de hipotermia cuando su vehículo quedó averiado a una temperatura inferior a 50º bajo cero.

Todavía nos quedan más de 150 kilómetros cuando nos detenemos en un área de servicio en medio del bosque. Algunos camiones y minivan ocupan el aparcamiento, todos sus motores están encendidos. La mujer se queda en el coche, por mi parte necesito bajar… La bofetada de frío que recibo es sobrecogedora, incluso las primeras aspiraciones son diferentes a cualquier otra. Posiblemente no estoy a 40º bajo cero, pero seguro quedo muy cerca de esta temperatura. De vuelta a la carretera, empiezo a sentir una ansiedad interna poco habitual. Tal vez son las horas que llevo sentado en la misma posición, observando las luces del coche que solamente me alcanza a ver un tramo de carretera nevada por todas partes, aislada del mundo exterior por esta oscuridad total que proyecta la taiga y que por momentos me oprime, hasta el punto de agobiarme… Por primera vez Siberia me absorbe para lo bueno y lo malo. Por si fuera poco el estómago da sus primeros síntomas de fatiga y empieza a revolverse.

Después de casi 2 horas por fin veo las primeras luces de civilización, mi ansiedad se relaja. La ciudad de Yakutsk se asienta al otro lado del río Lena, que en este punto alcanza 2 kilómetros de anchura, y el tan esperado puente está todavía en la mesa de proyectos. Mientras, la gruesa capa de hielo hace oficio de carretera con dos “carriles” por sentido y acotada por grandes bloques de hielo a ambos lados. El hielo es capaz de resistir el paso de un camión de 20 toneladas, lo que dice bastante de la confianza que otorgan los rusos a este paso transitorio cinco meses al año. Cerca del centro, salgo del coche medio mareado y con mucho frío, pero finalmente estoy en Yakutsk cuando son las 11 de la noche.

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