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TRANSIBERIANO II

Pekín, reescribir la historia.

He llegado a Pekín. Desembarcamos en la nueva y flamante Terminal 3 inaugurada con motivo de los Juegos Olímpicos de 2008. Aparte de nuestro avión, tan solo veo uno aeronave mas que ocupa esta vasta extensión recién estrenada. Es un tanto desconcertante ver tales instalaciones prácticamente vacías de actividad. El rutinario control de pasaportes y visados precede a la recogida del equipaje. Mientras lo espero, veo en una de las plantas superiores y tras unas mamparas de cristal, una serie de jóvenes funcionarios en una edad casi adolescente que se disponen a empezar su trabajo. Atienden en una formación militar lo que se supone son algunas instrucciones para su jornada laboral, luego salen ordenadamente en fila india siguiendo a un superior. Mi mochila es prácticamente la última en salir, y con ella inicio mi reentrada en territorio asiático.

El trayecto al centro de la ciudad vuelve a enseñarme una breve carta de presentación de Pekín. El cielo gris y bajo, parece que todo está envuelto en una especie de niebla persistente que no se despega de la superficie, hay un calor húmedo increíble. Frente a mí se sienta una joven con portátil y un ligero bolso de viaje, su mirada se pierde en el paisaje gris de su tierra natal...

Lo primero es cambiar dinero y comprar mi billete a Harbin para mañana. El cambio de divisas es sencillo, hay bancos por todas partes. La segunda tarea se adivina algo más compleja y paciente. Desde lo alto de una pasarela, tengo una vista privilegiada de la actividad frenética de este lugar. La inconfundible fachada de la estación central de Pekín deja ver una inmensa cantidad de gente que se agrupa en torno a ella. Muchas entran y salen, y muchísimas más permanecen en sus aledaños. Es un ir y venir de gente como nunca he visto en una estación ferroviaria. Seguro que la primera y última vez que estuve aquí era lo mismo, pero entonces no me paré a ver con más detalle todo lo que me rodeaba. Intento buscar las taquillas, y tras dar algunas vueltas veo varias filas que no guardan ningún orden aparente. La gente se agolpa, se empuja, escucho voces por todos lados... Entre tanta afluencia de gente me hago finalmente con mi billete de tren a Harbin, que mas bien parece el ticket de la compra de un supermercado. Una vez hecho lo más importante, puedo deambular por la ciudad a mi libre albedrío hasta mañana por la noche.

Y ahí está, el mismo hostel donde dormí en mi breve visita a Pekín la otra vez. Lo recuerdo perfectamente como si fuera ayer, dejé este lugar con gran tristeza y ahora he vuelto para invertir los papeles a mi historia. Las instalaciones siguen siendo igual de impecables, con poca afluencia de viajeros, entre los cuales algunos españoles que también quieren perderse por estos parajes de Asía. Allí conozco a Pablo, madrileño independiente que acaba de llegar también a Pekín dispuesto a recorrer las principales ciudades del país. Como suele suceder en estos casos, quedamos para ver algo de la capital en modo explorador urbanita, aunque aquí sea imposible pasar desapercibido.

En una de las calles aledañas al albergue, pasamos por un edificio oficial del estado chino, en cuya entrada principal se congregan un centenar de personas que parecen protestar con carteles e inscripciones en sus camisetas, el todo envuelto en el sumiso de su silencio, sin alzar sus voces y mucho menos gritar. Imaginamos la represión por elevar la voz contra el gobierno en su casa. No muy lejos se alza uno de los conjuntos arquitectónicos mejor conservados de China, "la Ciudad Prohibida". Este enorme complejo de edificios y patios se asemejan los unos a los otros, vestigios de una opulencia pasada que a Pablo y a mí nos parecen todos iguales. Algunas chicas que dicen ser estudiantes de arte intentan convencernos en un inglés fluido acerca de la compra de algunos de sus trabajos. Primero nos engatusan cariñosamente para después llevarnos a una pequeña sala privada donde tienen expuestas sus pinturas sobre lienzo. En efecto, muy bonitos pero imposible convencernos si la idea es no comprar nada. En una de las tiendas de recuerdos de la Ciudad Prohibida, noto la naturalidad de unas jóvenes que atienden a los turistas, ya sean chinos o extranjeros, y algunas son más extrovertidas que otras para entablar conversación con nosotros, tanto que Pablo queda con una de ellas en plan cita informal para el día siguiente. Me quedaré con las ganas de ver su triunfo, para entonces estaré camino de Harbin. Justo enfrente de la Ciudad Prohibida se alza la plaza de Tiananmen y la gran avenida que la cruza. En mi cabeza se aglutina un único pensamiento, el mismo que tuve la primera vez que la vi, imágenes que ahora mi mente quiere dejar escapar pero no olvidar. En una de las aceras, veo aparcado un todo terreno de gran cilindrada de la policía china. La extravagancia destaca más en los países emergentes.

Para comer nos metemos en un restaurante donde intentamos que nos engañen lo menos posible, aunque vista nuestras pintas de occidentales resulta difícil. El local está vacío pero nos atienden correctamente. En la carta del menú aparecen los nombres de los platos en chino y una foto para ayudar en la comprensión de lo que nos vamos a meter en el estómago. Como no entendemos nada y ellos tampoco a nosotros, nos dejamos guiar por las bonitas ilustraciones. Escuchamos esputos toscos y sonoros procedentes de la cocina que irán a parar algún sitio y preferimos no saber donde. Uno de los platos presenta una buena presencia, se puede comer aunque está muy picante. El que ha pedido Pablo tiene un aspecto menos agraciado. La textura es similar a la de los sesos pero no queremos saber su procedencia. Al pedir la cuenta vemos a varios de los camareros recostados en algunas sillas puestas en fila. Decidimos romper su descanso si quieren que nos cobren por una comida de la que apenas hemos probado bocado. Salimos del restaurante con más hambre que cuando hemos entrado.

Recuperado el jetlag de ayer con un buen sueño reparador, preparo la salida del hostel bajo un entusiasmo interior difícil de disimular. Estoy eufórico por mi partida, esta noche inicio mi viaje en tren hasta Moscú, casi 12.000 km en una sucesión de ciudades, culturas y gentes que espero sea tan gratificantes como lo fue en mi anterior viaje. Es un instante emocionante volver a empezar una historia por terminar. No cabe duda, sólo existe un lugar donde podía y debía reemprender este viaje… ha llegado el momento de proseguirlo, como una continuación lógica del pasado.

Pablo me acompaña hasta la mitad del camino, la estación no está precisamente cerca. En nuestro trayecto vemos una imagen que podría haber pasado desapercibida pero nos fijamos en ella. Junto a la acera, un bus aparcado lleno de obreros de la construcción trabajan en un terreno colindante. Sus ojos inexpresivos revelan miradas perdidas y ausentes, rostros cansados cubiertos de polvo y sudor que se reflejan en el brillo de su piel. Muy cerca, otros compañeros comen en sus tarteras en posición de cuclillas sin que apenas la luz de las farolas les ilumine siquiera lo que están comiendo. Son los siervos de los nuevos emperadores de la dinastía comunista del siglo XXI de los que nadie habla. Y en este contraste de la nueva China, quedo también impregnado de los olores de los mercadillos ambulantes de comida, de las luces de neón que junto a grandes pantallas de televisión, irradian una explosión de luz y color sobre algunas de las principales calles de Pekín. Tras despedirme de Pablo deseándole suerte en su cita y su viaje, de nuevo me encamino en solitario en dirección a las dos cúpulas y el luminoso de la estación central de Pekín.

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