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TRANSIBERIANO II

Harbin, en la frontera de Manchuria.

Al bajar al andén todo está tranquilo y los viajeros se dirigen hacia la puerta de salida, la inercia me lleva con ellos. Justo antes de salir, intento preguntar a un agente donde están las taquillas de venta de billetes. Para mi sorpresa refunfuña casi a gritos indicándome la puerta de salida, seguramente lo que le acabo de decir con palabras y signos le ha sido indiferente. Suerte que no he tirado mi billete que me ha llevado hasta Harbin, ni tampoco me lo he dejado en el tren perdido en cualquier lado… me lo exigen por la puerta de salida de la estación. Los alrededores de la estación de Harbin es un caos de gente como pocas veces he visto. Si en Pekín veía algunos extranjeros, aquí no se ve ninguno, la sensación de verme totalmente solo en tierras ajenas es toda una realidad, ¿no es acaso esto lo que buscaba? Hay centenares de personas que esperan algo o alguien, algunos están sentados en cuclillas en el suelo, otros atienden a las voces de una persona que se dirige a ellos por un megáfono... Alcanzo a ver las taquillas para comprar mi billete a Vladivostok, pero varias filas abarrotadas de gente sin ningún orden me disuaden de comprarlo allí. Por una vez hago caso a la lectura de mi guía de viaje y voy al encuentro de la agencia oficial de turismo china donde puedo conseguir el billete de tren a Rusia.

La calle principal colindante a la estación está literalmente atascada de coches, no se mueve ni uno, y solo escucho las bocinas de automóviles y ciclomotores que no paran de sonar. Son las 7:30 de la mañana, y la intensa luz diurna entremezclada con el barullo de máquinas y personas, dan la impresión de estar en una frenética tarde común a cualquier gran ciudad. La dirección de la guía está equivocada. Pregunto a varias personas antes de llegar a la nueva ubicación de la agencia. Al llegar al organismo oficial me comentan que tengo que dirigirme a una oficina situada en un hotel al lado de la estación… vuelvo sobre mis pasos. Casi no me he enterado del tiempo transcurrida y aunque el lugar está todavía cerrado, al menos tengo la oficina localizada. Unos jóvenes empleados de un despacho contiguo me invitan a sentarme y esperar allí. Intento hablar con ellos, pero está claro que el inglés y el chino son totalmente incompatibles. España es un lugar remoto para ellos, desconocen tanto del lugar del que procedo como yo del sitio en el que me encuentro. A los pocos minutos me avisan de la apertura de la oficina que estaba esperando.

Se presenta un tal Vitia como responsable de la agencia. Me saluda afablemente, sabedor tal vez de que son pocos los extranjeros que pasan por su oficina y procurarse con ellos o conmigo un dinero extra importante. Aunque sus ojos almendrados le confieren rasgos orientales, sus facciones y el color de su piel no parecen ser de la China común. Me pregunto si he hecho bien en venir aquí… ahora me asaltan las dudas. Primer problema, sólo habla chino y ruso. De nuevo mi modesta base de cirílico me salva para hacerme entender. El billete de tren a Vladivostok es una pequeña fortuna para lo que tenía pensado pagar. Me propone el bus a la mitad de precio, pero no me apetece un viaje por carretera con náuseas y vómitos. Intento rebajarle el precio del tren pero no se doblega, es la tarifa fijada y finalmente acepto su propuesta. La sorpresa salta cuando tras darle el dinero y guardarlo en un cajón, me comenta que mañana tendré el billete. A pesar de que me pide el teléfono de contacto de mi alojamiento, me veo a mí mismo con cara de estúpido y de rabia contenida. Estoy solo, en un lejano país extranjero, me lleva toda la ventaja del mundo y solamente me queda fiarme de su palabra con resignación. Lo que menos me apetece es tener problemas en China.

Al salir nuevamente a las calles de Harbin, vuelvo a ver el bullicio de esta metrópoli industrial. Tengo la triste sensación de verme moralmente perdido por lo que acaba de suceder, y la ausencia total de occidentales acentúa más esta impresión. El cielo tampoco anima mucho en esta mañana de viernes, es idéntico al de Pekín, con una ligera neblina que lo envuelve todo de color grisáceo, como una calima que se hubiera instalado de manera permanente, tal vez por la contaminación acumulada de sus 10 millones de almas y por ser la ciudad más industrial del norte de China. Camino en busca del hostel entre grandes avenidas flanqueado por altos edificios de oficinas y viviendas, donde cruzar por un paso de cebra no regulado por semáforo supone un acto de suicidio involuntario. Abandono las grandes arterias para penetrar en una calle mas tranquila, allí es donde queda mi alojamiento situado frente a unos comerciantes de barrio y algunos restaurantes.

El hostel es una antigua sinagoga judía que hoy alberga una escuela infantil y el lugar donde voy a dormir. Las instalaciones son austeras pero limpias, y algunos viajeros chinos ocupan parte de sus habitaciones. En la mía conozco a Matt, un joven de Nueva York que realiza un viaje de 8 meses en solitario por toda Asía. Definitivamente me encuentro con más viajeros independientes que en grupo.

En mi breve descanso, recibo una llamada telefónica, es Vitia. En mi actitud negativa lo primero que pienso es que ha surgido un problema con el billete. Me habla en ruso y el milagro de la comunicación lingüística consiguen hacerme entender que tengo el billete listo y puedo pasar a recogerlo... pero hasta que no lo tenga en mano no estaré tranquilo. Me autoconfieso, quiero salir de China lo antes posible, he empezado el viaje hace ya unos días y percibo que todavía no lo estoy disfrutando como debiera, motivado tal vez por la intranquilidad que supone no tener en mano el billete de salida.

De vuelta a la oficina, Vitia me recibe de nuevo afectuosamente. De uno de los cajones de su mesa de trabajo saca el billete que extiende sobre mi mano. Para mis adentros me afirmo en que al fin tengo el viaje de ida hacia Vladivostok, la vuelta a Rusia. Comprobamos que todos los datos son correctos, y me indica cómo llegar al lugar desde donde debo coger el tren. Para ello no duda en cerrar la oficina y acompañarme personalmente hasta la estación y enseñarme el punto exacto donde tendré que dirigirme mañana. Es una gran sala de espera reservada para los viajeros que viajan en clase SV, dudo que la hubiera encontrado por mis propios medios. Después de darme su número de teléfono por si surgiera algún problema, se despide de mi con el mismo afecto con el que me recibió consolidado con un firme apretón de manos. Cuando regreso a mi alojamiento, quedo pensativo por la atención recibida -¿cuánto de más me habrá cobrado?-. Diríase que se mostraba incluso preocupado por mi, pero en ningún modo en un contexto negativo, sino mas bien todo lo contrario, para que todo me fuera bien. Después de llegar al hostel, pregunto por curiosidad al personal el precio del billete. No tienen acceso a las tarifas ferroviarias pero si a las de autobús a Vladivostok, que resulta ser el mismo que el que me había indicado Vitia. Quizás vaya siendo hora de gozar del viaje y dejar las paranoias conspiradoras a un lado.

Harbin es conocida en China y en todo el mundo por la Fiesta de las Linternas de hielo que se celebra cada año en febrero. Al igual que en la vecina Siberia, el clima continental hace de esta región la zona más fría de China. Se dice que los chinos vienen aquí en invierno al menos una vez en la vida para saber lo que es realmente la nieve y el frío. La calle comercial de nombre impronunciable está plagada de tiendas y locales comerciales, ya sean establecimientos chinos o de marcas internacionales, la gente entra y sale de ellos constantemente. La relativa cercanía de la ciudad con la frontera rusa, recibe de ella una notable influencia de Rusia que se ve en algunas tiendas donde pueden encontrarse todos los productos y recuerdos rusos que uno pueda imaginar. De ahí que reciba un creciente turismo de rusos que ahora puedo ver de tanto en cuanto en las calles principales. Me llama la atención ver en la puerta de algunos comercios un par de chinos dando palmadas para atraer a sus clientes.

Un largo paseo recorre la orilla del río Songhua que baña la ciudad por el norte. En ella una muchedumbre de todas las edades se sientan tranquilamente frente al río y pintan escenas cotidianas de lo que ven frente a ellos. En uno de los parques, al que alguien tuvo el dudoso gusto de llamarle Parque Stalin, hay varias mesas de ping-pong donde jóvenes y no tan jóvenes juegan con maestría demostrada al deporte nacional chino por excelencia. Al otro lado del río se extiende el gran parque de la Isla del Sol, todo verde e impecablemente cuidado. Desde este punto, la perspectiva de la ciudad es impresionante. Está plagada de torres y rascacielos que se difuminan en el horizonte, y detrás de estos se extienden más edificios los unos más altos que los otros. El ambiente está cargado a tope de humedad y el calor es bochornoso, generando un descolorido paisaje urbano.

Cae la noche sobre la ciudad, y junto a Matt callejeo por entre algunas céntricas calles de Harbin. Es muy fácil comer algo a cualquier hora del día a precios "Made in China". En la calle principal, varias carpas con diferentes puestos de comida ofrecen todo tipo de manjares chinos tradicionales y otros más comunes. Aún escogiendo lo menos vulnerable para mi estómago, la introducción de especias en su dieta es casi inevitable. Cerca de nuestra mesa se sientan dos espectaculares rusas, Matt y yo nos dejamos llevar por ojeadas indiscretas. Aunque los chinos parecen estar acostumbrados a recibir las visitas del país vecino, al menos saben disimular muy bien lo que ven. La temperatura se ha hecho mas agradable y siendo ya de noche cerrada, vemos a un numeroso grupo de chinos hacer ejercicios al unísono a la orilla del Songhua, donde sus ejercicios describen trayectorias curvilíneas en impecables movimientos armónicos.

La pasada noche ha llovido con intensidad, pero el día aparece soleado con un calor menos sofocante que el de ayer. Hago algunas compras de comida en unos puestos cercanos para proseguir viaje a Rusia en la noche de hoy sábado. En el final de la tarde dejo el alojamiento y me encamino en dirección a la estación. Al cruzar una de las calles veo a un hombre subido a una bicicleta que tira de un pequeño carro y cruza por el medio de la calzada entre el intenso tráfico rodado. Los coches esquivan entre bocinas y ninguna queja, al menos no visuales, lo que allí debe ser ya una costumbre. Mi última mirada a Harbin queda fijada en las luces de neón de los grandes carteles publicitarios, que refleja en parte una economía en constante crecimiento, tal vez proporcional a su número de habitantes también en aumento. En ese instante, un grupo de jóvenes militares que acaba de llegar en tren a la ciudad, se abre paso entre la multitud que abarrota, como a todas horas del día, la plaza de la estación.

Al fin he entrado en la dinámica del viaje, en la de disfrutar lo que hago y lo que veo, en estar presente en el lugar en el que me encuentro y en lo que está por llegar, y espero más si cabe en los próximos días. Prefiero no entusiasmarme con antelación, pero el propio viaje me obliga a ser optimista.

< Hacia el Norte

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