WWW.VALENTINWORLD.COM

valentinworld@gmail.com
 

TRANSIBERIANO II

EL VIAJE & FOTOS

______________

LA VUELTA A ASIA
HACIA EL NORTE
EN BUSCA DEL PACIFICO
EL OTRO ORIENTE
EN TIERRA DE BURYATIA
SIBERIA CENTRAL
ULTIMA ETAPA
______________
Vladivostok, puerta del Pacífico.

Misha, el revisor de mi coche se despide de mí deseándome suerte en mi ruta hacia Moscú. Todavía es noche cerrada y prefiero esperar a que aparezca la luz del día para ir al piso donde he decidido alojarme, repito experiencia con una familia rusa los próximos días que estaré aquí. En la sala de espera algunas personas aguardan su elektrichka para empezar su jornada laboral y otras quedan dormidas en alguno de sus asientos. Después de cuatro años, vuelvo a escuchar el tableteo rítmico y continuo de los tacones de aguja indisociablemente relacionado a las rusas. Amanece en Vladivostok, y con la llegada de una luz en tonos anaranjados, el puerto adquiere las dimensiones en todo su esplendor que la oscuridad había querido ocultar. Decenas de barcos mercantes permanecen atracados en los distintos embarcaderos, aunque la actividad es de relativa tranquilidad en los muelles de carga.

Las 8:00 de la mañana, la ciudad despierta, y con ella la calle principal queda animada de personas y tráfico, es hora de ir al encuentro de mi anfitriona. El alojamiento está muy cerca de la estación, es un gran edificio gris que transmite un glorioso pasado aristocrático y un presente en decadencia con sus cornisas rotas y su fachada desfigurada. Tiene varias puertas de entrada, todas son el mismo número, y sólo una de ellas está abierta. Dentro, unas pocas bombillas iluminan todo un pasillo infectado de mosquitos atrapados en delgadas telas de araña... ¿vive alguien aquí? Me adentro un poco más, cualquier similitud con la casa del terror no es pura coincidencia, si es real y existe, este es el lugar. Mi paranoia particular me lleva a pensar que alguien me está observando detrás de una de las puertas esperando ser la próxima víctima... sin saber qué hacer, salgo nuevamente a la calle. Al cabo de unos minutos aparecen dos niñas que salen de ahí, una de ellas me indica la puerta que busco. Al menos se que aquí vive gente normal, ya por fin respiro aliviado. Si llego a venir a las 6:00 de la mañana la escena hubiera sido todavía más macabra.

Llamo a la puerta y una chica llamada Tatiana me atiende en un correcto castellano. Lo primero que advierto es una superficialidad en toda regla, empezando por su persona, comportamiento y modo de expresión, ¿será que mi intuición está por los suelos y lo veo todo negativo? El piso es amplio y acogedor, tiene espectaculares vistas sobre la bahía del Cuerno de Oro y de todo el puerto de Vladivostok. Estos días está sola, su madre está de viaje. Tras los primeros minutos de conversación, echo mucho de menos la naturalidad de Anna en Novosibirsk, tal vez me predispuse a que la experiencia fuera similar. Tatiana trabaja como guía en la ciudad de Vladivostok y alrededores, y como tal me invita a que descubra la ciudad y una dacha a cambio de unos honorarios económicos nada despreciables, está claro que quiere hacer el agosto conmigo. Declino la primera oferta y acepto la segunda a mitad de precio. Luego aprendo que se trata de su propia casa de campo, todo el mundo quiere hacer dinero con lo que tiene.

El camino en tren a la dacha deja entrever lo que en la noche no pude ver a mi llegada a Vladivostok. En este tramo final del Transiberiano, la vía discurre paralela al inmenso mar acotado del Golfo del Amur por el oeste, una visión de que otra naturaleza existe, y no sólo la taiga para los viajeros procedentes de Moscú. Paramos en el kilómetro 9244, una pequeña aldea rodeada de huertos y multitud de pequeñas dachas de recreo. Ahora también puedo saber que me "utilizará" para llevar parte de lo que recogerá en su huerto. Desvío mi atención de este lugar para darme un paseo por los alrededores de la cercana línea ferroviaria hasta el viaje de regreso ya por la tarde.

La hermosa Vladivostok queda bañada en el sur por la bahía del Cuerno de Oro, que conforma el gran puerto que se abre al mar de Japón. En él, numerosos cargueros y algunos buques militares de la flota del Pacífico permanecen atracados. Frente a uno de los muelles, un submarino soviético de la Segunda Guerra Mundial ha sido rehabilitado como museo y junto a él, el memorial por los caídos en la Gran Guerra Patriótica. Ese día una televisión realiza entrevistas a un numeroso grupo de ancianos, tal vez veteranos del conflicto que hoy se han dado cita. Subiendo por una de sus calles, se llega al mirador que domina gran parte de la ciudad por el este. Desde aquí se ve claramente la construcción de un gran puente que unirá las dos orillas que separan ahora la bahía. Quién sabe si esta obra se convertirá en el nuevo icono de la ciudad para el siglo XXI. Después de mi paso por China, casi olvido que en efecto sigo en verano y estoy en Rusia, una combinación explosiva para el vestuario femenino de las rusas. En una de las barandillas veo una chica con un vestido blanco escandalosamente corto... Un marinero descamisado que parece conocerla intenta cortejarla. No hay mucha diferencia entre la escena que presencio y los documentales de la vida salvaje de la sobremesa española. La belleza de las chicas es aquí, como seguramente en muchas ciudades rusas, espectacular.

Después de la fría despedida de Tatiana, transito por el paseo marítimo del Golfo del Amur pensando ya en el viaje de esta noche. Junto a la orilla, algunos kioscos y puestos de comida se aglutinan frente a una importante afluencia de gente que pasea a estas horas de la tarde. En un punto de mi andadura, un numeroso grupo de chicos y no precisamente adolescentes, hostigan a dos chicas que pasean por la calle, ignoro totalmente si las conocen o no, aunque todo apunta a que son perfectos desconocidos entre ambos. Se produce una situación tensa, se escucha un grito y algunos chicos corren para avisar al resto del grupo. Las chicas siguen su camino con cierto nerviosismo, la pandilla queda atrás. Después, todo el grupo sube por una calle coreando a voces y al unísono algún lema. Me pongo de espalda con toda la naturalidad posible mirando al mar, pasan por detrás de mi… sería muy triste llevarme un mal recuerdo de Vladivostok cuando estoy a punto de dejar la ciudad esta misma noche. Mi escaso nivel de ruso me impide hablar con otros viandantes acerca de que ha pasado y quiénes eran.

Aún con este pequeño incidente estoy realmente motivado de encontrarme hoy aquí, y no es para menos. Un pequeño monumento señala el punto kilométrico 9288, distancia que separa Moscú de Vladivostok por la famosa línea del Transiberiano que estoy a punto de recorrer, esta vez sí, en toda su integridad. El día es magnífico, todo me parece tranquilo y respiro una “tensa calma” previa a un gran acontecimiento. Tomo las fotos de rigor de todo lo que me parece interesante, especialmente de la pequeña pero bonita estación de Vladivostok, la hermana menor de la de Yaroslavskaya en Moscú. De aquí me llevo el recuerdo de la taquillera que me atendió en un sorprendente inglés, y el contraste que pude ver en el sitio en el que he comido, un moderno buffet de comida decorado al más puro estilo soviético, en cuyo interior se encontraban carteles y lemas que recordaban la Revolución rusa de 1917, y un Lenin retratado en todo su esplendor. Esto es Rusia, y ahora voy a seguir la senda de su historia en los próximos 10.000 km de viaje.
< En busca del Pacífico

1 2 3 4 5 6 7 8 9

10 11 12 13 14
El otro Oriente >