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TRANSIBERIANO II

En tierra de Buryatia, Khabarovsk - Ulan-Ude.

Desde la pasarela superior veo la larga composición del tren número 7 que entra lentamente en la estación con destino Novosibirsk, aunque mi parada es la ciudad de Ulan-Ude, capital de la República Autónoma de Buryatia. Como de costumbre, una multitud se congrega en el andén que busca con premura su coche, donde puedo ver los rostros expectantes de los nuevos viajeros que suben a él junto a los otros indiferentes que bajan a fumar o tomar aire fresco. La clase platskartny es bastante más modesta que la kupe, es un espacio totalmente diáfano donde la privacidad queda reducida al espacio de la litera y poco más. Es en este mismo entorno sin embargo, el que ayuda a integrar y conocer mejor el auténtico alma de los viajes en Rusia, en el espacio donde viaja la gente común de un lado a otro del país en una distancia de miles de kilómetros, formando un todo en el transcurso consecutivo de días enteros, un ciclo eterno que se repite día y noche en cuatro metros cuadrados.

El tren se pone en marcha. Frente a mí una mujer madura ocupa una de las literas, se llama Ludmila y vuelve a su residencia habitual en Birobidjan después de unos días de vacaciones en Vladivostok. Tras el intercambio de las primeras impresiones, permanezco atento a la ventana para ver el paso del espectacular río Amur desde el puente que lo cruza. Mis intenciones quedan frustradas, al parecer y de forma excepcional, cruzamos el río por debajo, nos deslizamos en el túnel más largo de la línea de 7 km de longitud construido en secreto durante la Segunda Guerra Mundial. Tras varios minutos de total oscuridad, el tren se abre paso en la llanura oriental, esta vez en dirección oeste bajo un tiempo magnífico.

En el trayecto hasta Birobidjan, noto a Ludmila interesada por la guía que llevo, escudriña las páginas con atención y dedicación, logra entender con bastante facilidad la escritura latina. Me cuenta que es profesora a punto de jubilarse en una escuela infantil. Noto en ella a una mujer culta y sencilla, estudiosa y curiosa, tal vez sea un gadjet común a su dedicación profesional. Me ofrece un tomate y un huevo cocido en respuesta a la afinidad compartida en este corto espacio de tiempo. En el lado opuesto de la personalidad de Ludmila, se encuentran dos viajeros que no superan con seguridad los 30 años de edad, y su aspecto se presenta mucho mayor bajo una deprimente borrachera que parece no terminar nunca. Uno de ellos se decide hablar conmigo, le sigo el juego por un tiempo, aunque su conversación acaba por ser opresiva y agobiante. Muy cerca, dos niños pequeños que acaban de conocerse se divierten con un juego de letras del alfabeto cirílico que repite una voz femenina electrónica. Parece que todo un abanico de la sociedad rusa se ha dado cita frente a mí, donde grandes y pequeños conviven en igualdad de condiciones.

En una de las paradas suben dos viajeros de mediana edad y dentadura de oro que se instalan directamente en sus literas, van totalmente bebidos. No hay duda, el alcohol es un problema de primer orden en Rusia de difícil solución, mas cuando se sabe que el vodka forma parte de la cultura popular en toda Rusia. Percibo ser el foco de atención en gran parte del coche, soy el único extranjero occidental que viaja entre ellos. Hay quien me invita a tomar té en su compañía, la madre de uno de los niños me ofrece parte de su pollo asado, y otra mujer me sigue ofreciendo gentilmente huevos cocidos y tomate, que al parecer es la dieta rusa por excelencia en los largos viajes en tren. Descubro que en esta sociedad de tópicos y contrastes, me veo arropado por la hospitalidad de gentes anónimas, porque en Rusia no todo el mundo bebe, ni es gente seria que no sonríe cuando te ve.

Al día siguiente despierto entre colinas de mediana altitud cubiertos de frondosos bosques, he entrado en los límites interminables de la taiga. La paleta de colores otoñales se tiñe de verde, amarillo y pardo hasta donde alcanza la vista en una sublime combinación de pinceladas naturales. De pequeño recordaba algunos cuadros de paisajes pintados a mano que parecían reales, me deslumbraba ver tanta belleza y color reunido en un marco incomparable, y soñaba algún día con estar en lugares tan idílicos como aquellos. La escena que tengo delante se asemeja al de uno de esos cuadros donde todo cobra vida, y yo me muevo en ellos de la mano del artista invisible que me maneja para mostrarme la más deslumbrante de sus obras... Un hito situado a pie de vía simboliza la entrada oficial en Siberia.

Estoy tumbado y el sol que entra por la ventana invita a quedar dormido. Llegan dos hombres que sujetan por sus extremidades a uno de los "jóvenes" de 30 años, está totalmente borracho, lo tumban en una de las pocas literas libres frente a la mía. Duerme profundamente, puedo escuchar el silbido entrecortado de su respiración, parece que nada altera su sueño. Al cabo de unos minutos escucho un goteo ligero que pasa de intermitente a constante, giro la cabeza… para ver que se está orinando encima de su ropa y la litera, está totalmente empapado y ni siquiera así, su sueño se ve interrumpido. La escena que presencio es de chiste. A escasos metros, uno de los niños pequeños juega en solitario a pronunciar el alfabeto con ayuda de esa voz electrónica que he terminado por aceptar como una viajera mas. El niño es rubio de ojos azules, y cuando me decido hacerle una fotografía espontánea me dedica una sonrisa. Tengo ante mí al presente y futuro, dos generaciones distintas, una que parece no tener remedio y otra que lo tiene todo por delante. En el momento de enfocar su rostro a mi objetivo, solo puedo pensar en que ojalá este niño no llegue a convertirse en el impresentable que tengo enfrente.

Tras la segunda noche y casi 48 horas de viaje, empiezo a notar la espalda cansada de la incomodidad de la litera, suerte que pronto llego a destino. El paisaje ha dejado paso a colinas desnudas de vegetación, y el cielo está cubierto de nubes que dan sensación de frío. En este trayecto he pasado de las suaves temperaturas veraniegas del Extremo Oriente, al brusco descenso de las temperaturas siberianas. Es la tercera semana de septiembre y parece que el invierno llama a la puerta en estos lejanos confines. Bordeamos algunas factorías industriales de la ciudad, a mi izquierda discurre la tercera vía con destino Mongolia que converge en mi llegada a la estación de Ulan-Ude.
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