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TRANSIBERIANO II

Ulan-Ude, encrucijada de pueblos.

He llegado a Ulan-Ude, capital de Buryatia. Mi paso anterior por esta estación fue breve, pero la recordaba con más luz y menos ajetreo. Hoy la estación me parece gris y sombría, tal vez porque no hay nada de nieve y tampoco luce el sol. El primer contraste con respecto al Extremo Oriente ruso lo percibo en la bajada de las temperaturas, la ropa de abrigo no sobra en Siberia que hace justo honor a su nombre. En estos primeros compases ando bastante perdido hasta que logro coger el camino del albergue que no acabo por localizar, solo tengo la dirección y por suerte, el teléfono. Paro a un joven que me ayuda, cuando de repente, cae a pocos metros de nosotros un envase de leche que han dejado caer desde uno de los pisos de un bloque de viviendas. Sólo espero que no sea un mal presagio de mi paso temporal por Buryatia. Todo queda solucionado, Sergei, el dueño de mi alojamiento viene a buscarme.

La primera impresión al llegar es de decepción, los dos únicos huéspedes dejan en breve el hostel, quedo por tanto yo solo. Me había pasado tener que viajar en un coche cama de viajeros en solitario, pero nunca había deseado ni pensado tener un albergue para mi solo. La sensación es extraña, es como ser el único viajero... ¿dónde han quedado los demás? Sin duda Ulan-Ude pierde prestigio en beneficio de la cercana Irkutsk, y los que paran aquí lo hacen mayormente de paso en el camino a Mongolia.

Ulan-Ude es una ciudad de contrastes étnicos, donde coexisten los semblantes rectilíneos de los rusos con los rasgos más tradicionales mongoles, con sus ojos ligeramente rasgados y redondos, de mejillas pronunciadas y piel trigueña. Algunos juegan al despiste y su fisonomía engaña, muchos se consideran buryatos antes que rusos. Como toda ciudad rusa que se precie, tiene su calle Lenina, su plaza central con una estatua de Lenin y su memorial a la Gran Guerra Patriótica. En el caso de Ulán-Ude es un enorme busto de Lenin que domina desde la altura la plaza de los Soviet. Es aquí donde conozco a Luis y Carlos de Barcelona. Llegaron ayer de una travesía de 10 días a través del desierto de Gobi, y mañana se desplazarán unos días a la costa oriental del lago Baikal. Con ellos paso el resto de la tarde entre comentarios y anécdotas que nos hemos encontrado en nuestro camino.

Se ven a niños solitarios que entran y salen de los lugares de restauración para pedir dinero o comida, con la diferencia de que aquí, y para sorpresa mía, la respuesta de la gente es mayormente positiva para los pequeños. En el primer establecimiento, una chica con aspecto de estudiante universitaria le invita a un bizcocho y algo de beber. El niño se sienta junta a ella, comen y hablan, la naturalidad es total. Le doy mis dos paquetes de galletas que llevo. En otro lugar a la hora de la comida, se ven a dos mujeres impecablemente vestidas que responden a la petición de un niño que acaba de entrar pidiendo un trozo de pizza y una bebida. El rígido comunismo se fue hace años, pero aquí y al igual que en el resto de ciudades rusas, puedo percibir que el sistema soviético habita todavía en los lugares por los que paso y en los habitantes que conozco, es una especie de espectro del pasado, que proclama en el silencio de sus calles y gentes el derecho a coexistir junto a una democracia maquillada.

Al finalizar la tarde, recibo un mensaje de Maryna. Soy incapaz de descifrar lo que me dice, por lo que acudo en ayuda de Sergei que me invita a pasar amablemente a su casa. Visto el aspecto de la calle, nadie diría que bajo estos techos se esconden casas revestidas de madera noble en un ambiente cálido y acogedor. Me presenta a su hija Nadia que también habla inglés y me ayuda a entender el mensaje de Maryna. Me sirven té y tarta. A Nadia la encanta el fútbol, me enseña entusiasmada fotos de sus ídolos futbolísticos actuales. Hasta el centro de Siberia llega la legión de aficionados en una vanguardia de fans que recorre sin duda todo el mundo. La conversación deriva en otros temas más amenos donde el té y la tarta le siguen a la zaga. Y la tarde se confunde con el inicio de la noche en un obligado regreso a mi alojamiento, en contraste, totalmente vacío. Al llegar a Ulan-Ude, me había costado entrar en la dinámica de la ciudad, pero ahora me siento resuelto y confiado. Ulan-Ude, sin tener el carisma de Irkutsk, bien merece una visita, aunque esté ya pensando en mi reencuentro con Maryna.

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