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TRANSIBERIANO II

Ultima etapa, Irkutsk - Moscú.

Son casi las 6 de la tarde y parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para salir al mismo tiempo, Irkutsk tiene a estas horas una importante densidad de tráfico que he subestimado. Llego tarde, la casualidad ha querido que el tren también llegue con un retraso inicial de 30 minutos, que se acumula hasta llegar a las 2 horas. El hall principal de la estación está lleno de gente, aunque la mayoría de viajeros se dirigen a las poblaciones vecinas. Vivir en Irkutsk es caro y a pesar de encontrarse en la profunda Siberia, se ha convertido en la cuarta ciudad más cara de Rusia. Después de una larga espera, anuncian la llegada del tren número 1 “Rossia” con destino Moscú, una larga composición roja y azul antesala al término de este final de viaje. Deliberadamente tomo este tren en esta misma estación, el mismo que tendría que haber cogido cuatro años antes hacia el este...

He decidido viajar en clase platskartny por economía, y mi coche se encuentra esta vez situado en cola del convoy. Tras el control de pasaporte y billete subo al coche donde los viajeros descansan tranquilos en sus literas. Estoy un tanto expectante en saber con quién voy a compartir los próximos tres días de viaje, sólo espero que no vuelva a tropezar con otro borracho empedernido. Tengo suerte, son tres mujeres, una de las cuales ronda la cincuentena, Ivanova, que viaja junto a su hija Olya de vuelta a casa en Tambov, al sur de Moscú. La otra chica se llama Lena, y regresa de una población cerca de Chitá después de una visita familiar. Después del ritual de quitarme las botas y hacerme la cama, y todavía bajo los efectos reflexivos de mi reencuentro con Maryna, pronto se establece la relación de dualidad y confianza entre desconocidos y viajeros. Olya estuvo hace dos años de viaje por la costa mediterránea española donde aprendió algo de español. En el momento de querer traducir una palabra, caigo en la cuenta de que he quedado en casa de Maryna mi pequeño diccionario de ruso... La tarde ha pasado sorprendentemente rápida, y pronto la luz diurna se desvanece en este día gris y frío de otoño. Después de la cena, el coche recobra lentamente la tranquilidad hasta que todas las luces quedan apagadas. Es bajo esta relajación donde me dejo llevar por los recuerdos todavía recientes de los días pasados en Irkutsk, hasta quedar finalmente dormido en mi particular sueño siberiano.

En la mañana despierto con la primera luz del día, asomo la vista ligeramente por la ventana para ver que estamos rodeados de bosques que parecen impenetrables, aureola de mitos y leyendas, mas que de realidades históricas y penurias pasadas. Son los mismos que pude ver bajo una espesa capa de nieve en mi anterior paso, sólo que ahora estos árboles dejan vislumbrar todavía el color verde de su hoja caduca. Desde la vista trasera del coche, se tiene la perspectiva de una larga recta que parece no tener fin, y termina a lo lejos, en el infinito de un único punto de fuga que mira hacia el este. La vía del Transiberiano fractura la discontinuidad de la taiga en una franja que ocupa varias decenas de metros de ancho. Por primera vez, me fijo en los puntos kilométricos instalados a pie de vía que decrecen más rápido de lo que me gustaría; 4126... 4125... 4124... es la expresión gráfica de una cuenta atrás inevitable, y con cada kilómetro que pasa siento que voy dejando algo más que un viaje al que no quiero poner punto y final. Hoy, la taiga emerge reunida en un mismo panorama, vestida de su más pura belleza melancólica.

A medio día cruzamos importantes instalaciones ferroviarias, y las provodnikas se cambian de ropa para ponerse el uniforme reglamentario, estamos llegando a Krasnoyarsk. Poco antes de la parada en la estación principal, cruzamos el puente sobre el río Yenisei, no dudo en irme a la cola del coche para volver a ver la estructura del puente en todo su esplendor. El tren ha recuperado las dos horas de retraso, y entra puntualmente en la estación. Numerosos viajeros se apean de los coches para comprar comida o salir a tomar el aire. En cuestión de segundos el andén queda abarrotado en los accesos a los coches por gentes de todas partes. El coche contiguo al mío es oriental y procede de una remota ciudad china de la cual no acierto a distinguir su nombre. En el andén coincido con Oleg, un ucraniano que viaja en el mismo coche que el mío. Al tiempo que enciende un cigarrillo, me habla y me enseña fotos de su mujer y su hija que viven en Ucrania, se siente enérgico y contento de volver a casa, aunque planea una escapada fuera de sus fronteras naturales hacia algún país de la Europa Occidental más consolidado.

Hemos parado, todavía es de noche y me despierto con los ojos entreabiertos. Mis compañeras de viaje no han corrido las cortinas, intento ojear por la ventana el nombre de la estación en la que estamos. Consulto el reloj, por la hora que es y lo prolongado de la parada, tal vez debe de tratarse de Omsk. Algunos focos iluminan tenuemente el andén, distinguiendo en él dos figuras que se abrazan, hacen amagos por separarse pero no pueden, la atracción invisible supera a las leyes de la separación física. Llueve débilmente, la chica se pone la capucha y después de la despedida desaparece de mi campo de visión. Al cabo de un instante el tren vuelve a ponerse en marcha, y tras unos metros veo a la chica bajo una pequeña marquesina, resguardada de la lluvia, inmóvil y quieta, en busca de la última mirada correspondida del viajero que acaba de subir al tren. En unas horas cuando despierte, habré salido oficialmente de los confines de Siberia, y ahora me cuesta volver a conciliar el sueño. La mía será una discreta despedida en unos ojos cerrados… hasta siempre Siberia, jamás te olvidaré.

Tras casi tres días con sus tres noches de viaje, las bornas kilométricas han dejado de indicar las centenas, para marcar tan sólo las decenas, estoy a menos de 100 km de la capital.... 9288 km reducidos a un punto de inicio. Las últimas dos horas de viaje se me antojan largas e incluso pesadas, el tren hace constantes reducciones de velocidad producido por la densidad de tráfico ferroviario a medida que nos acercamos a Moscú. Por mi cuerpo se acrecienta la sensación de tener un final adelantado, que todo termine y pase lo antes posible... Algunos viajeros ya se anticipan con sus bultos a la plataforma de acceso al coche, y yo quedo sentado, impasible e indiferente a los demás, mirando por la ventana que ha sido mi hogar en tantos días. Detrás de unos edificios, veo las cuatro chimeneas pintadas de franjas rojiblancas, siguen ahí, como aquel inolvidable día en que salí abrumado en mi primer viaje transcontinental... La sensación es igual de profunda que la que pude sentir en mi llegada a Pekín, con la perspectiva de lo ya conocido. El tren entra en la zona de andenes, frena lentamente hasta detenerse casi de manera imperceptible. Estoy nervioso por mi llegada a Moscú, porque esto termina... por todo.

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