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TRANSIBERIANO

EL VIAJE & FOTOS
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CRUZANDO EUROPA
CAMINO DE SIBERIA
BAIKAL
A TRAVES DE LA ESTEPA
DESTINO PEKIN
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A través de la estepa, Irkutsk – Ulan-Bator.

En esta madrugada de lunes marcho hacia Mongolia. El aspecto de la ciudad es fantasmal, una densa bruma lo cubre todo, no veo ni un alma en sus calles desiertas, me creo el último superviviente de la era glacial. La estación aparece bajo las mismas condiciones, con su haz de luces que se extienden sobre el andén y se pierden en la oscuridad, y sólo algunos viajeros esperan pacientes la llegada de su tren con destino algún remoto lugar.

Tren número 6 Moscú - Ulan-Bator, no lleva nombre oficial, pero sus placas de origen y destino son toda una invitación a la aventura, descubrir algo más que un viaje en tren. La provodnika a pie de coche, de aspecto robusta y aparentemente seria, revisa mi billete con rostro somnoliento, y para mi sorpresa no comprueba mi pasaporte, esbozando una ligera sonrisa. Ya en el interior del coche, y tras unos minutos de pausa intercambiamos algunas frases; se llama Lena, señalándome que soy el único viajero en todo el coche. -¿Sólo en todo el coche?- Ello quiere decir libertad total en mi compartimento y nula comunicación con nadie, o lo que es lo mismo, pros y contras de un viajero independiente. Es bajo este inusual silencio que Irkutsk desaparece tras la espesa cortina de vapor, dejando una ciudad repleta de recuerdos personales e íntimos. Todavía es muy pronto, apenas son las 6 de la mañana y el sueño me vence, quedándome traspuesto en el calor de mi litera, pero pendiente de la ventana de no perderme la salida del sol con vistas al Baikal.

Todo el paisaje está sumido en la profunda oscuridad de la noche, y sólo las luces de algunas poblaciones distantes, lanzan sutiles destellos de vida a esta remota región, atisbos del calor humano que persiste a los elementos de la naturaleza. A partir de Slyudyanka y con el amanecer como telón de fondo, el magistral lago Baikal se presenta como protagonista de un primer plano que acapara toda la ventana de mi compartimento, transformándola en la gran pantalla que siempre soñé. Por unos minutos, me convierto en espectador de primera fila de la inolvidable película de mi vida. El sol no ha hecho todavía acto de presencia, y sin embargo, el horizonte ya define el contorno paisajístico salvaje e intacto que me rodea. Cruzamos la Buryatia, al sur los montes Khamar Daban cuyas cimas quedan iluminadas por los primeros rayos del amanecer, al norte las frías aguas del Baikal sólo alteradas por las suaves ondulaciones de sus corrientes marinas… No sé dónde mirar, tanta belleza me sobrecoge en una visión que no hacen mas que dar forma a un paisaje que parece sacado de mi tierra incógnita soñada. El espectáculo es grandioso.

Pasada la estación de Mysovaya, nos alejamos lentamente de la orilla del lago para seguir ahora el curso del río Selenga que permanece totalmente congelado, ofreciéndome vistas impactantes de la rudeza climatológica en esta parte del globo. Al tiempo conozco a la otra provodnika, más joven y activa que la anterior y con su mismo nombre, Lena, que se afana en la limpieza de todos los compartimentos antes de la llegada a Ulan-Ude. Las dos resultan ser muy simpáticas y agradables, esforzándonos por hacernos entender. Parada en Ulan-Ude, capital de Buryatia donde tiene lugar el cambio de tracción de nuestro tren. Un viejo camión y varios hombres reabastecen a los coches de agua y carbón, necesario para el agua caliente y la calefacción. Bajo al andén a respirar de una vida que parece haberse congelado en el tiempo como una instantánea en blanco y negro, intentando absorber cada matiz de lo que veo y siento.

En este punto del trayecto, la línea se bifurca en dos direcciones; una sigue la línea original del Transiberiano hacia el Lejano Oriente ruso y la otra toma dirección sur, destino Mongolia por la línea del Transmongoliano. A partir de aquí el paisaje cambia lentamente, la taiga deja de existir, para dar paso a la no menos interminable estepa, inhóspita y árida en toda su dimensión. Ningún rastro de actividad humana en kilómetros a la redonda, es un paisaje inquietante y misterioso, me dejo llevar por él, hipnotizado por la invisible belleza de la nada. En una breve parada, algunas mujeres venden alubias en bruto en sacos de nylon, y el frío es todavía más intenso que en Irkutsk… la vida no es fácil en las cercanas tierras de Genghis Khan. Rusia es también el país de las minorías étnicas y de los contrastes religiosos, tal es el caso de los buryatos aquí establecidos, un pueblo nómada que practica el chamanismo y el budismo tibetano, mas cerca de la cultura mongola que de la Rusia blanca ortodoxa. Mongolia está a un paso, antes de proceder al interminable control aduanero que coincide con el ocaso de un día inolvidable.

Por alguna razón siento inquietud ante el control de pasaportes en la frontera ruso-mongola, aunque tal vez son las horas de espera las que me preocupan, sensación que aumenta ante la perspectiva de ser el único viajero en todo el coche, imaginándome el exhaustivo control por parte de los aduaneros de ambos países, tal y como he leído en la guía. Parada en Naushki, última población de Rusia. La policía de frontera rusa examina cada uno de los compartimentos vacíos, revisa cada rincón del coche con minuciosidad y mi control de pasaporte resulta sin incidencia. Tras permanecer cuatro horas parados, arrancamos nuevamente en dirección la frontera mongola. Siempre a velocidad reducida, cruzamos varias alambradas custodiadas por soldados desde lo alto de miradores. La iluminación nocturna acentúa todavía más un ambiente hostil y nada acogedor. No tengo razones para estar preocupado, pero tengo la sensación de estar entrando en una zona prohibida. Sukhbaatar, primera población de Mongolia. Al cabo de unos minutos se presenta la joven provodnika Lena junto a una mujer uniformada de verde oliva. Sus ojos negros ligeramente rasgados, mejillas pronunciadas y labios generosos delatan su origen mongol. Me mira fijamente, nada parece alterar su compostura, quiero pensar que son gadget del oficio. Su mirada va y viene del pasaporte a mi rostro, y para asegurarse me hace varias preguntas en un inglés universal. Al mismo tiempo, Lena, se permite el lujo de bromear conmigo ante la extrema seriedad de la agente aduanera mongola. El registro de mi compartimento se limita por el contrario a una rápida ojeada visual. Ya puedo respirar tranquilo, en algo más de una hora reemprendemos nuevamente la marcha. Una noche me separan de la capital de Mongolia.

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