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SIBERIA

Camino del Este, París - Varsovia - Riga

Hace muchos años, leí en una revista que si en la antigüedad todos los caminos llevaban a Roma, hubo una época más moderna en la segunda mitad del siglo XX en que todos los caminos ferroviarios convergían en París. A raíz de estas líneas, París se convirtió para mí en la ciudad “fetiche” y lugar donde debían empezar los grandes viajes. En este jueves 18 de Enero la llegada a París es bastante emotiva y no es para menos, es el punto de salida con destino Rusia, viajes con “carácter” como pocos. Creo ser testigo desde hace unos años a la debacle de los trenes nocturnos… Al llegar a Gare de l'Est me llega el anuncio de que el mal tiempo en Centroeuropa obliga a suspender numerosos trenes con destino Alemania, aunque el nocturno a Moscú mantiene por fortuna su horario habitual.

El tren está ya en vía. Es una inmaculada composición rusa formada exclusivamente de coches camas con un restaurante en uno de sus extremos. Junto a la puerta de acceso, las provodnitsas de inconfundible aspecto ruso controlan los billetes a los pocos pasajeros que subimos a bordo. La primera impresión al entrar es que huele a nuevo, todo está impecable en unos coches casi por estrenar, huele a moqueta y tejido recién hilado. Los letreros en cirílico y el anuncio a los viajeros por megafonía en ruso desde su interior, me hacen sentir realmente la sensación de estar ya en Rusia cuando todavía ni siquiera he salido de París.

Me instalo confortablemente en el compartimento de cuatro literas, de momento vacío, cuando a las 18:58h el tren inicia su marcha. Concentro todos y cada uno de los sentidos en este mismo instante; me dejo llevar por su extrema suavidad, se diría incluso que levito en mi mundo concentrado a una ventana y poco más, porque todo esto es al fin real. La luz nocturna en un andén ahora desierto desliza ante mis ojos a cámara lenta, el apacible sonido del tren junto a esa inexplicable emoción de querer marchar a tierras frías y lejanas… Me fundo en un silencioso arrebato de emoción, esos mismos que sólo pueden contarse con los dedos de una mano y que perduran a lo largo del resto de la vida.

Pronto el tren gana velocidad y pasa veloz por las estaciones del extrarradio. Té en mano, disfruto de este delicioso paseo nocturno ferroviario a través del este de una Francia herida y maltrecha, una Francia que ahora parece dormir en paz consigo misma, y que pronto le acompaña en mi duermevela camino de la frontera alemana. En Karlsruhe suben un par de rusos de avanzada edad ocupando el compartimento, regresan a Novosibirsk después de una visita familiar… Siberia aunque lejos me la acercan con su presencia.

Despierto a la mañana siguiente en un entorno urbano descuidado y bohemio. Pronto el característico S-Bahn corre paralelo a las vías principales de su hermano mayor, estamos llegando a Berlín. Accedemos a su flamante estación principal por su acceso subterráneo con dos horas de retraso. Más tarde, en Berlín Lichtenberg se realiza el cambio de tracción donde se nos acopla una máquina polaca. A los pocos minutos de la salida, aparecen las primeras trazas de nieve. Su presencia es al inicio muy tímida, primero en algunos caminos umbríos, luego en pistas de tierra que bordean los bosques, y más tarde también en medio de la vía… Algo me dice que su presencia es ya definitiva cuando veo las primeras charcas congeladas al cruzar la frontera polaca en Frankfurt an der Oder. Después de más de 10 años regreso a Polonia, y no podía hacerlo de otra forma que con frío y nieve.

El tren corre a través de la llanura blanca, vista desde el coche restaurante le otorga un aire de cierto esplendor, perdido en muchos trenes y recuperado en este renovado “Ost-West-Express”. Definitivamente la quintaesencia de los viajes ferroviarios resiste con firmeza a los nuevos tiempos. Después de cruzar Poznan el tren llega a una ciudad, Ilawa, que sin embargo no aparece en la línea principal. Consulto el mapa (o más bien el GPS), para entender que el tren se ha desviado de su trayectoria, estamos a 200 kilómetros al norte de Varsovia, algo irreal para un tren que viene del oeste. Suerte que hago noche en la capital polaca, el tren llega finalmente con 3 horas de retraso a Varsovia. He alcanzado el primer hito en mi viaje a Siberia.

Estoy menos de 24 horas en Polonia, tiempo suficiente para conocer la falta de respeto de algunos y la rudeza de otros que se creen en un estado totalitario. Al final tantos años bajo el yugo soviético han dejado huella... A este paso no es de extrañar que Polonia no evolucione cívicamente, es la prima hermana de Italia en el este de Europa (los italianos además, se distinguen por su elegante y refinada hipocresía). Viajo a Bialystok para conectar con un regional destino Kaunas, ya en Lituania, donde hago una pausa de dos noches en esta bonita y tranquila ciudad, para después retomar mi ruta en un autobús directo a Riga con sólo 3 ocupantes a bordo. Todo el mundo me habla maravillas de la capital letona, y tal vez por ello aguardo con interés lo que voy a ver, pero sobre todo quedo expectante porque desde aquí iniciaré en unos días la vuelta a Rusia.

Riga, capital mundial del Art Nouveau seduce por su centro histórico increíblemente bien conservado, y junto a la nieve recién caída, algunas de sus calles adquieren la magia de un cuento de hadas junto al río Daugava parcialmente congelado. Los neumáticos de invierno de los coches obran milagros en estas condiciones. No obstante tengo la impresión de que todas las ciudades del este de Europa son similares, y sólo algunos detalles marcan la sutil diferencia entre unas y otras. Estudiantes de toda Europa vienen de intercambio, y los locales que ya viven aquí quieren irse porque el trabajo, además de escaso está muy mal pagado. Siempre el mismo dilema por una causa llamada dinero.

Desde mi llegada a Varsovia hace unos días, mi viaje ha perdido en intensidad, como si el hecho de permanecer sedentario me hubiera privado de libertad, de mi derecho a moverme y a seguir cruzando fronteras… Siento la necesidad de proseguir camino, no errante sino con un rumbo fijo, satisfacción personal y emocional que veo cumplida cuando en esta tarde de miércoles tomo de nuevo el camino a la estación, un tren con destino San Petersburgo adonde llegaré mañana a primera hora. A pesar de estos años transcurridos la emoción sigue igual de latente que entonces, y espero con gran impaciencia lo que me aguarda el invierno ruso.

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